La primera semana de agosto de 2025 fue una de las más surrealistas que he vivido hasta ahora como fotógrafa. Y, curiosamente, todo se resume en una tarjeta de memoria de la cámara.
La noche del domingo al lunes ya estaba en la cama cuando recibí el mensaje que llevaba casi cuatro semanas esperando: “Parece que el parto se está activando”. Media hora más tarde ya estaba en el coche de camino a casa Laietania. Al cabo de un rato, después de un parto muy rápido e intenso, presenciaba el nacimiento de una personita y tenía el privilegio de inmortalizar el momento en que sus padres le daban la bienvenida al mundo.
Cuatro días después volví a tomar la cámara, esta vez con cierta urgencia, para ir hacia el Hospital Vall d'Hebron. Formo parte de Dits Petits, una asociación de fotógrafas voluntarias y sin ánimo de lucro. Nos organizamos para ir a los hospitales de Cataluña a fotografiar, de forma totalmente gratuita, a los bebés ingresados en las unidades de cuidados intensivos neonatales para que sus familias puedan conservar estos recuerdos. En algunas ocasiones, como ocurrió ese jueves, también nos avisan cuando un bebé está a punto de morir y el hospital ofrece a la familia la posibilidad de tener fotografías de aquellos últimos momentos.
Me rompió el corazón no poder llegar a tiempo a tomar fotos cuando aún estaba con vida, pero aún así, estuvimos unos 15 minutos haciendo fotos de todo: de su carita, de las manitas, de los pies, de los padres abrazándolo, de mamá besándole en la mejilla. Todo, absolutamente todo lo que nos vino a la cabeza, porque seguramente esas son las últimas fotos o de las últimas que tendrán.
Cuando llegué a casa, conecté al ordenador la tarjeta que, sin darme cuenta, contenía las fotos de sólo dos días: el nacimiento y la muerte. Me quedé en shock al ver esa unión, claramente delante de mis ojos. Y mirándolo, lo único que veía yo en aquellas imágenes era el amor más inmenso, más profundo e incondicional. Se veía a una madre y un padre cogiendo a su bebé, mirándole con una ternura infinita. Unos dándole la bienvenida y otros despidiéndose.
Hasta ahora ha habido mucha gente que me ha dicho que no podría fotografiar la muerte, una muerte que no corresponde al orden natural de la vida, que no debería ocurrir. Que aunque sea una muerte pequeña, es gigante y el vacío que deja, irreparable. Y claro que es duro, intenso, desgarrador, y claro que hay dolor. Todo esto es cierto. Y también es cierto el grandísimo amor que se ve, las ganas de crear un recuerdo “material” que preserve ese momento en el que estuvieron juntos. Y que gracias a estas fotos también puedan presentar a su hijo/a a otras personas que no pudieron conocerle o despedirse.
Ojalá no hiciera falta realizar este trabajo, y habrá familias que quizás no quieren fotos y todo está bien. A mí me hace sentir muy afortunada tener una herramienta que puede ofrecer un cierto consuelo o, al menos, que inmortaliza una vida que ha terminado demasiado temprano. Mi intención es, y será, ponerla al servicio de aquellas familias que lo necesiten.