Hay nacimientos que dejan huella, no sólo en las familias que los viven, sino también en las personas que tenemos el privilegio de acompañarles. Éste es el recuerdo de uno de esos partos que, con el paso del tiempo, he entendido que también marcó un antes y un después en mi manera de ser doula.
Judit contactó conmigo cuando hacía muy poco que había terminado la formación de doula y acompañate a la primera infancia y crianza. Aunque ella era consciente de que había profesionales con mucha más experiencia, decidió confiar en mí. Esa confianza fue el primer regalo de ese acompañamiento.
Desde el primer encuentro sentí que había algo especial. Pasamos horas hablando de su embarazo, del parto que imaginaba, de sus ilusiones y también de sus inquietudes. Con el tiempo empecé a formar parte de su día a día: entré en su casa, conocí a su pareja, compartí ratos con su hija mayor y vi cómo aquella familia se preparaba para recibir a un nuevo hijo.
Cuando acompaño a una mujer durante el embarazo, no sólo pienso en el día del parto, intento entender quién es, qué necesita para sentirse segura y cómo puedo sostenerla para que llegue a ese momento con más confianza. Para mí, ese vínculo es una parte esencial del acompañamiento.
Unos días antes del nacimiento hubo un primer inicio de parto intenso, largo y emocionalmente exigente. Recuerdo perfectamente la sensación de preguntarme si estaba haciendo lo suficiente, si realmente estaba ayudando. Era fácil pensar que debía encontrar soluciones, pero ese día descubrí una de las lecciones más valiosas que me ha regalado esta profesión.
Acompañar no siempre significa intervenir. Muchas veces significa quedarse, escuchar, ofrecer calma cuando todo parece incierto… Sostenerlo sin querer controlar el proceso. Aquel primer inicio de parto fue un trabajo profundo en equipo con su bebé, junto a su pareja y su ginecóloga, buscando que el cuerpo pudiera recuperar su ritmo y encontrar otro camino.
Esa experiencia también transformó mi mirada. Hasta entonces había vivido muchos partos detrás de la cámara, observando y documentando con sensibilidad todo lo que ocurría. Pero ese día entendí que no debía escoger entre ser fotógrafa o ser doula. Podía ocupar los dos sitios a la vez: cuidar mientras fotografiaba y preservar la memoria mientras sostenía emocionalmente el proceso.
Cuando el parto empezó de verdad, todo tenía otra energía, ya nos conocíamos lo suficiente para que las palabras fueran casi innecesarias. Recuerdo las horas tranquilas, el agua cayendo suavemente sobre su cuerpo, la delicadeza con la que intentábamos proteger el espacio para que ella "sólo" tuviera que ocuparse de parir.
Hay una imagen que todavía hoy me conmueve especialmente y es cuando fui a buscar a su hija mayor para que pudiera conocer a su recién nacido hermano. Fue una escena llena de ternura, de esas que recuerdan que un parto no es sólo el nacimiento de un bebé. Es también el nacimiento de una nueva familia, de una hermana mayor, de unos padres, de unos abuelos…
Cuando pienso en este acompañamiento, no recuerdo sólo las fotografías que salieron ni los momentos más intensos del parto. Recuerdo, sobre todo, la confianza que Judit depositó en mí cuando yo todavía estaba empezando ese camino.
Quizás ella no lo sabe, pero ese día también nació una parte de la doula que soy hoy. Una doula que entendió que no necesita tener todas las respuestas, que lo más valioso que puede ofrecer es una presencia honesta, serena y disponible.


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